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sábado, 31 de enero de 2026

Boomer, mi pequeño ladrón de penas

 Mi pequeño cachorro

Lo robé. Sí.
No por maldad, sino por necesidad.
Boomer era un cachorro blanco, lanudo, y lleno de luz.
Pertenecía a unas vecinas —hermanas duras, pobres, heridas
.
No me lo querían dar, ni aunque mi mamá fue a pedirlo.
Pero yo lo necesitaba. Ellas no sabían cuánto.

Un día, sin permiso, me lo llevé.
Boomer pasó a ser mío y yo, suya.

Jugábamos en el patio.
Mi hermano grabó —solo en audio— una pelea entre él y un gato sin nombre.
Se oye mi voz, la de un sobrino también, y el sonido de Boomer defendiendo su pequeño reino.
(En esa época amaba más a los perros. Hoy, los gatos reinan mi casa, pero Boomer fue el primero en mi corazón.)

Mi mamá lo bañaba todos los días.
“Para que siempre esté blanquito”, decía.
Ella no era suave, pero con Boomer lo era un poco más.

Cuando la pasaba mal en el colegio, 
solo pensaba en abrazarlo.
Él no juzgaba.
No preguntaba.
Solo recibía.

Una tarde, regresamos en taxi: mi mamá, mi hermana y yo.
Me había quedado dormida.
Al llegar, miré por la ventana...
Boomer no estaba.

Me dijeron que la empleada había dejado la puerta abierta al lavar la ropa.
Que Boomer se había ido.
Que lo buscaron, que salieron mis hermanos a recorrer las calles,
pero no lo encontraron.

Esa noche lloré.
Y mi mamá, por primera vez en mucho tiempo, lloró conmigo.

Boomer se fue del mundo,
pero nunca se fue de mí.
Él fue mi refugio.
Mi compañero.
Mi secreto.

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